La edad ingrata
La edad ingrata —Si la prima Jane defendÃa tanto —perseveró Nanda— que el matrimonio debÃa hacerlo todo…
—…¿no tendrÃa que sentir tanto canguelo al enterarse de lo que el matrimonio está haciendo? ¡Desde luego, ella tendrÃa que ser la última en sentirlo! —dejó sentado Mitchy—. Juro que me lo paso en grande con su pavor.
—Pero es algo penoso, bien lo sabes —dijo Nanda.
—¡Oh, patético!
—¡Bueno, claro está —pareció meditar la muchacha asertivamente— que al fin y al cabo ella no habÃa podido soñar que…! —Pero se contuvo bruscamente—. Lo importante es servir de ayuda.
—Y ¿en qué sentido? —preguntó Mitchy con la extraordinaria pinta de inaugurar un certamen de sugerencias constructivas.
—Para que Aggie se descubra a sà misma. ¿Crees —siguió de inmediato— que realmente Lord Petherton lo hace?
Mitchy recapacitó sinceramente:
—¿Que si sirve de ayuda? Oh, hace lo que puede, supongo. Sà —añadió a renglón seguido—, Petherton es estupendo.
—Eres tú mismo, naturalmente —continuó su compañera—, quien más puede ayudar.