La edad ingrata
La edad ingrata —Ciertamente, y yo también estoy haciendo lo que puedo. Asà es que con tan buenos ayudantes —finalmente él semejaba haberlo aceptado todo de ella—, ¿qué es, pregunto nuevamente, eso que, según solicitas, debo dejar a tu entero arbitrio?
Nanda necesitó, mientras él seguÃa aguardando, algún rato para pronunciar la respuesta.
—El cumplir mi promesa —contestó.
—¿Tu promesa?
—Jamás desentenderme de ti.
—¡Ah —exclamó Mitchy—, eso está mejor!
—¡Entonces adiós! —dijo ella.
—Adiós. —Pero él se acercó a ella unos pasos—: ¿No puedo besarte la mano?
—Jamás.
—¿Jamás?
—Jamás.
—¡Ah! —espetó él excéntricamente mientras se iba de la habitación a toda prisa.