La edad ingrata
La edad ingrata El rato libre que él habÃa caracterizado como previsiblemente útil para ella fue no poco abreviado, empero, a la hora de la verdad, debido a una puntualidad de llegada por parte del señor Longdon tan extrema que causó que lo primero fuesen unas palabras casi de disculpa.
—No dirás —comenzó de inmediato su nuevo visitante— que no te he dejado tan sola, todos estos interminables dÃas, como te prometà cuando subà a verte aquella tarde en que tras mi regreso a Londres hallé aguardándome en el salón al señor Mitchett en vez de a tu madre.
—En efecto —dijo ella—; de veras ha obrado usted tal como le pedÃ.
—Pues bien —repuso él—, hace media hora sentà que, por muy cercano que estuviera mi alivio, no podÃa soportarlo más; de tal modo que, aun cuando sabÃa que ello me harÃa llegar demasiado pronto, a las seis en punto partà hacia nuestro lugar de cita.
—¡Y resulta que yo no tengo té para recompensarlo! —Saltaba a la vista que no era sino ahora cuando ella se percataba—. Debieron de llevarse el servicio de té sin que me diese cuenta.
Su anciano amigo la miró con cierta fijeza:
—¿Estabas presente en la habitación?
—SÃ… pero no vi entrar al criado.
—¿Qué estabas haciendo entonces?