La edad ingrata
La edad ingrata Nanda reflexionó; como de costumbre, su sonrisa fue el más tenuemente discernible de los rasgos externos.
—Pensando en usted.
—¿Con tan tremenda intensidad?
—Bueno, en otras cosas también y en otras personas. En realidad, en todas las cuestiones que en nuestra última charla le dije, ya sabe, que me parecÃa mejor ventilar conmigo misma antes de reunirme con usted para lo que supongo que ahora mismo ocupa sus pensamientos.
El señor Longdon habÃa mantenido la mirada fija en ella, pero ante esto se dio la vuelta… sin, no obstante, a modo de alternativa, repasar exhaustivamente la situación material de ella con la turbada alegrÃa de Vanderbank o la atenuada melancolÃa de Mitchy.