La edad ingrata

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—¡Os va mejor atrapados por Pewbury, cara mia, que zafándoos de ello! —replicó benignamente la duquesa. Era persona de no poca presencia, que llenaba el lugar, empero, sin avasallamiento, con una masividad por demás mantenida muy hábilmente dentro de sus justos límites. Su cabeza, su barbilla, sus hombros iban bien altos, pero no había negligido el cuidado de su «tipo» o cualquiera de las más distinguidamente refinadas causas para ser considerada una mujer admirable. Además estaba secretamente en guerra, en este empeño, con un enemigo encubierto no menos que con uno manifiesto, y era plenamente consciente de que si no conseguía parecer hermosa, podría tan sólo esporádicamente, y a base de denodados esfuerzos, parecer decente. Había obvios recursos de salvación, ninguno de los cuales ella descuidaba y de la suma de los cuales, tal como se felicitaba a sí misma, resultaba casi matemáticamente un aire de distinción. Superficialmente este aire correspondía a sus adquiridas rimbombancias calabresas, empezando por su voluminoso título nobiliario, pero el pelo incoloro, la frente desapasionada, la blanda mejilla y el estirado labio de la típica matrona británica, la tipología que a ella le había tendido una celada antes que cualquiera de las demás, eran elementos difíciles de manejar y constituían todo cuanto, por momentos, podía advertir un observador agudo. Conque el campo de batalla era el obsesionante peligro de todo bourgeois. No le dejó tiempo a la señora Brookenham para resentirse de su última observación, pues ella ya había pasado a inquirir si Nanda iba a acompañar al matrimonio.


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