La edad ingrata

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—Esta noche se aloja con ella en Hill Street. Mañana se marchan de la capital juntas. ¿Por qué no ha estado acudiendo Aggie? —prosiguió la señora Brookenham.

La duquesa se quedó elegantemente extrañada:

—Acudiendo ¿adónde?

—Caramba, aquí, para visitar a Nanda.

—¿Aquí? —hizo de eco la duquesa, manifiestamente tomando a echarle un abarcador vistazo a la habitación—. ¿Acaso alguna vez se ve aquí a Nanda?

—Oh, ya sabes que le he puesto una habitación propia: la habitacioncita más encantadora del mundo. —La señora Brookenham nunca parecía tan feliz como cuando se veía precisada a dar explicaciones—. Allí tiene todo lo que una muchacha podría desear.

—Mi querida amiga —preguntó la duquesa—, ¿tiene allí alguna que otra vez a su propia madre?

En este momento habían entrado los criados para disponer la mesa del té, y a los movimientos del pelirrojo lacayo fue a lo que prestó atención la señora Brookenham.

—Mejor pregúntaselo personalmente a mi hija —dijo.

La duquesa se mostró franca y jovial:

—¡Lo haría, te lo prometo, si alguna vez lograra ponerle la vista encima! Pero ¿no está siempre con ella esa mujer?


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