La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Yo le escuché intensamente interesado, más intensamente a medida que avanzaba su explicación.
—Fracasar usted…, ¡cielos! ¿Cuál es entonces ese «pequeño detalle» que le caracteriza?
—¿Será posible que después de tanto tiempo y tanto trabajo sea necesario que se lo diga yo?
En esta frase que —de forma jocosamente exagerada— suponÃa un reproche amistoso habÃa algo que, como joven que busca ardientemente la verdad, me hizo enrojecer hasta la raÃz del cabello. Sigo tan sumido en la oscuridad como entonces, aunque en cierto sentido el tiempo me ha permitido acostumbrarme a mi estupidez; en aquel momento, sin embargo, el tono alegre que usó Vereker hizo que yo, y también probablemente Vereker, me viera como un zopenco todavÃa muy verde. Yo estaba a punto de exclamar «¡Ah, sÃ, no me lo diga: por mi honor, por el honor de la literatura, no lo haga!», cuando él continuó, mostrando que habÃa leÃdo mi pensamiento y que ya se habÃa hecho su idea de las probabilidades que tenÃamos de alcanzar algún dÃa la redención: