La figura de la alfombra
La figura de la alfombra —Cuando digo lo de mi pequeño detalle me refiero —¿cómo lo podrÃa llamar?— a lo que me ha llevado, por encima de todo lo demás, a escribir mis libros. ¿No hay acaso para todo escritor algo especial, un motivo, aquello que, más que todo lo restante, le hace esmerarse, aquello que si se pudiera conseguir sin esfuerzo dejarÃa de ser el acicate sin el cual no escribirÃa, la pasión misma de su pasión, ese aspecto del oficio donde, para él, arde con mayor intensidad la llama del arte? Bien, ¡eso es!
Estuve pensando durante unos momentos o, mejor dicho, le fui siguiendo desde una respetuosa distancia, más bien jadeando. Me sentÃa fascinado; sin motivo suficiente, se me podrÃa decir. Pero aun asà no iba a permitirle que me hiciera bajar la guardia:
—Lo describe usted de una forma verdaderamente bella, pero lo cierto es que no ilumina muy claramente lo que usted describe.
—Le prometo que, por poco que usted intuyera la cuestión a que me refiero, le parecerÃa claro.
Vi que el encanto del tema que discutÃamos estaba tan lleno de emociones desbordantes para mi compañero como para mÃ.