La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Esa declaración parece poco amistosa, y probablemente lo que ocurrió fue que ver a otras personas tan profundamente engañadas por un experimento que a mí sólo me había causado desazón, me hizo sentirme humillado. Yo me quedé al margen y mientras ellos, junto al fuego del hogar, bajo la lámpara, continuaban la cacería iniciada por un toque de cuerno del que sólo yo era responsable. Ellos hicieron lo mismo que yo, aunque con mayor premeditación y menos soledad: recorrieron a nuestro autor de punta a cabo. No tenían prisa, dijo Corvick: tenían el futuro por delante y con el tiempo la fascinación que sentían no podía sino ir en aumento; pensaban enfrentarse a él página por página, tal como se haría con uno de los clásicos, inhalarle a pequeñas dosis y dejar que sus escritos fueran permeándoles. No hubieran llegado a sentirse tan absorbidos, creo yo, si no hubiesen estado enamorados: el significado oculto del pobre Vereker les dio continuas ocasionas de juntar sus jóvenes cabezas y mantenerlas así largos ratos. Sin embargo se trataba del tipo de problemas para el que Corvick estaba especialmente dotado porque en cuestiones como éstas salía a superficie la especial y aguda paciencia de la que, de haber vivido más tiempo, hubiera dado ejemplos más notables y, es de suponer, más fructíferos. Él sí era, por decirlo con las palabras de Vereker, un diablillo de la sutileza. Habíamos empezado discutiendo, pero muy pronto comprendí que no hacía falta que yo moviera un solo dedo para que su chifladura le diera muy malos ratos. Veía que se encaminaría por callejones sin salida guiado como yo por falsos rastros: que se aferraría con las dos manos a luces que se apagarían con el simple soplo que se produce al volver la siguiente página. Le dije que me hacía pensar en los maníacos que abrazan una lunática teoría acerca de un supuesto sentido críptico de las obras de Shakespeare. Él contestó que si tuviéramos un testimonio del propio Shakespeare donde afirmara la presencia de tales elementos crípticos él lo hubiera aceptado inmediatamente. El caso ante el que ahora se encontraba era completamente diferente: no teníamos nada más que la palabra del señor Guasón. Yo repliqué que me dejaba estupefacto verle dar tanta importancia a esa palabra, aunque fuera del señor Vereker. Entonces quiso saber si yo tomaba la palabra del señor Vereker como una mentira. Yo no me mostré seguramente dispuesto, en mi desafortunada contestación, a llegar tan lejos, pero insistí en que hasta que se demostrara lo contrario iba a interpretarla como el producto de una imaginación demasiado exaltada. No llegué, lo confieso, a decir —por aquel entonces todavía no estaba del todo seguro— todo lo que sentía. En el fondo, como hubiera dicho la señorita Erme, me sentía intranquilo, expectante. En el verdadero núcleo de mi desconcierto —pues mi limitada curiosidad seguía alentando en sus propias cenizas— tenía un claro sentimiento que me hacía creer que probablemente Corvick acabaría encontrando algo. En defensa de su credulidad, dio muchísima importancia al hecho de que, desde hacía mucho tiempo, hubiera encontrado en su sentido de este genio aromas e indicios de no sabía exactamente qué, vagas ondas errantes de una música oculta. Por eso era raro, por eso tenía encanto: porque todo encajaba perfectamente con las informaciones que yo le había proporcionado.