La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Si en varias ocasiones volvà a la casita de Chelsea yo dirÃa que fue tanto en busca de noticias de Vereker como de noticias de la achacosa madre de la señorita Erme. Para mi imaginación las horas pasadas allà por Corvick eran algo muy parecido a las de un jugador de ajedrez inclinado, ceñudo y en silencio, a lo largo de todo el invierno, sobre su tablero y sus movimientos. A medida que mi imaginación añadÃa detalles la escena me iba quedando más grabada. Al otro lado de la mesa yo veÃa una forma fantasmal, la vaga figura de un contrario bien humorado, pero algo hastiadamente seguro: un contrario que se arrellenaba en su sillón con las manos metidas en sus bolsillos y una sonrisa en su bello y claro rostro. Cerca de Corvick, detrás de él, veÃa una chica que habÃa empezado por parecerme pálida y gastada e incluso, al aumentar la familiaridad con su imagen, bastante guapa, y que se apoyaba en su hombro y estaba pendiente de sus jugadas. Le veÃa coger una pieza y sostenerla suspendida un rato sobre uno de los cuadritos, y luego dejarla otra vez donde estaba antes con un largo suspiro decepcionado. La joven dama, entonces, cambiaba ligeramente pero con desasosiego su postura y lanzaba una mirada muy dura, muy larga, muy extraña al borroso contrincante. Criando se encontraban en una fase todavÃa temprana de la empresa les pregunté si no podÃa quizás ayudar a su éxito tener alguna comunicación más directa con él. Las especiales circunstancias del caso hubieran seguramente sido consideradas como base suficiente para que yo hiciera las presentaciones. Corvick contestó inmediatamente que no sentÃa deseos de acercarse al altar sin haber preparado con antelación el sacrificio. Estaba completamente de acuerdo con nuestro amigo tanto respecto a la diversión como al honor que suponÃa la caza: él querÃa derribar al animal con su propio rifle. Cuando le pregunté si la señorita Erme tenÃa tantas ganas de disparar como él, después de pensárselo me dijo: