La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Entre tanto hizo verdaderos esfuerzos por evitar todas las posibilidades que la vida londinense podía haberle dado de conocer en persona al distinguido novelista; el peligro, sin embargo, desapareció cuando Vereker se fue de Inglaterra para una ausencia indefinida, según anunciaron los periódicos. Se fue al sur por motivos relacionados con la salud de su esposa que hacía ya tiempo la mantenía retirada. Un año —más de un año— había transcurrido desde el incidente de Bridges, pero yo no había vuelto a verle. Creo que en el fondo me sentía bastante avergonzado: me incomodaba profundamente recordarle que, aunque hubiese fallado irremediablemente en mi intento de descubrir su secreto, estaba siendo rápidamente alcanzado por una reputación de crítico agudo. Este escrúpulo me tuvo en danza, me mantuvo alejado de casa de Lady Jane, y llegó incluso a hacerme rehusar, cuando a pesar de mis malos modales ella fue lo bastante buena para hacerme una seña por segunda vez, una invitación a sentarme en su bello salón. Una vez llegué a verla escoltada por Vereker en un concierto, y supe con seguridad que ellos me habían visto, pero escapé antes de que me cazaran. Me pareció, cuando en esa ocasión me vi forzado a caminar bajo la lluvia, que no podía haber hecho otra cosa; y sin embargo recuerdo haberme dicho a mí mismo que aquello era muy duro, cruel incluso. No solamente se me habían ido de las manos los libros, sino que la persona misma de su autor quedaba fuera de mi alcance: tanto él como ellos se habían convertido para mí en algo echado a perder. También sabía cuál era la pérdida que más lamentaba de las dos. Había llegado a simpatizar más con el hombre que con los libros.