La figura de la alfombra

La figura de la alfombra

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Pero esto no hizo sino ayudarme a ser más hábil, más diestro, a dejar que transcurriera el tiempo antes de renovar mi petición. Había muchos campos para especular en la espera, y uno de ellos era profundamente absorbente. Corvick había retenido su información hasta que se abrió la última barrera que obstruía su intimidad con ella: sólo en aquel momento dejó salir al gato del saco. ¿Había sido idea de Gwendolen, a partir de un indicio del propio Corvick, no liberar al animal hasta que volviera a producirse una relación como ésa? ¿Acaso la figura de la alfombra sólo podía ser descrita o trazada entre marido y mujer, entre amantes atados en una unión suprema? Sumándose a la confusión que ya me dominaba, regresó a mi mente el hecho de que en Kensington Square, cuando mencioné que Corvick había contado el secreto a la muchacha que amaba, Vereker había dejado caer una frase que ahora daba vida a esa posibilidad. Acaso todo esto fuera muy vago, pero era suficiente para hacerme pensar que quizás iba a tener que casarme con la señora Corvick para obtener lo que yo quería. Me pregunté si estaba dispuesto a ofrecer este precio a cambio de la bendición que sería recibir de ella lo que sabía. ¡Por este lado asoma la locura!, me dije a mí mismo en horas llenas de perplejidad. Mientras tanto yo podía ver la antorcha que ella se negaba a pasar alejarse llameante en la cámara de su memoria, verter a través de sus ojos una luz que brillaba en su solitario hogar. Al cabo de seis meses supe con toda seguridad qué tipo de compensación producía esa cálida presencia. Habíamos hablado una y otra vez del hombre que había unido nuestros caminos: de su talento, de su personalidad, de su encanto, del magnífico futuro que le hubiera esperado, de su desastroso destino, e incluso de la claridad de su intención en aquel gran análisis que iba a ser un gran retrato literario, algo así como un Van Dyck o un Velázquez de la crítica. Ella me había hecho comprender sin escatimar palabras que su lengua estaba atada por su propia terquedad, por su piedad, y que nunca rompería el silencio porque no era la «persona adecuada», dijo, para hacerlo. Al final, sin embargo, llegó la hora. Una noche que me había quedado junto a ella más tiempo de lo corriente puse mi mano con firmeza sobre su brazo y dije:


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