La figura de la alfombra
La figura de la alfombra —Bien, por fin, dÃgame qué es.
HabÃa estado esperándome y estaba preparada. Sacudió lenta y silenciosamente la cabeza con un movimiento que sólo fue clemente porque no llegó a ser articulado. Pero esta clemencia no le impidió arrojarme el más grande, bello y frÃo «¡Nunca!» que, en una vida no ajena a las negativas, habÃa yo tenido que encajar hasta entonces. Lo encajé y vi que con el duro golpe las lágrimas habÃan acudido a mis ojos. Estuvimos, asÃ, sentados durante un rato mirándonos el uno al otro. Después me levanté lentamente. Me preguntaba si algún dÃa llegarÃa a aceptarme; pero no fue eso lo que salió de mis labios. Mientras me ajustaba el sombrero dije:
—Entonces ya sé qué pensar. ¡No es nada! Una compasión lejana y desdeñosa se acumuló en su indistinta sonrisa; luego habló con un tono que todavÃa ahora puedo escuchar:
—¡Es mi vida!
Y, cuando yo aguardaba en la puerta, añadió:
—¡Le ha insultado usted!
—¿A Vereker?
—¡Al Muerto!