La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Ante estos acontecimientos me sorprendió la básica indiferencia que la aparente preocupación de la señora Corvick no logró en absoluto ocultar: aquéllo me hizo ver el alcance de su consumada independencia. Esa independencia se basaba en sus conocimientos, unos conocimientos que nada podÃa destruir y que nada podÃa cambiar. La figura de la alfombra podÃa aún dar una o dos vueltas más, pero la sentencia estaba virtualmente escrita. No importaba que Vereker se fuera a la tumba: ella era —como si se hubiera tratado de su heredera preferida— la persona que menos que nadie en el mundo necesitaba que se prolongara su existencia. Esto me hizo recordar algo que yo habÃa observado a partir de cierto momento —después de la muerte de Corvick—: la disminución de su deseo de verle en persona. HabÃa conseguido lo que querÃa sin necesidad de eso. Yo habÃa estado seguro de que si ella no lo hubiera obtenido la intención de sondearle personalmente no hubiera sido frustrada por las elevadas reflexiones, más concebibles en un hombre que en una mujer, que en mi caso me habÃan disuadido. No es que, me apresuro a añadir, mi caso, a pesar de esta odiosa comparación, no fuera ambiguo. Al pensar que quizá Vereker estaba muriéndose en aquel preciso instante cayó sobre mà una ola de angustia: una punzante conciencia de lo inconsecuentemente que yo dependÃa aún de él. Un sentido de la delicadeza que me habÃa dominado, y cuyo dominio era mi única compensación, habÃa interpuesto entre los dos los Alpes y los Apeninos, pero saber que la última ocasión estaba a punto de escaparse me hizo pensar, en mi desesperación, que podÃa acudir a él. Naturalmente no hubiera podido hacerlo. Me quedé cinco minutos más, mientras mis compañeros hablaban del nuevo libro, y cuando Drayton Deane me pidió que le diera mi opinión contesté, levantándome, que detestaba a Hugh Vereker y que me resultaba imposible leer sus obras. Partà con la certidumbre moral de que al cerrarse tras de mà la puerta, Deane me calificarÃa de ser un hombre terriblemente superficial. Al menos en esto su anfitriona se mostrarÃa de acuerdo con él.