La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Pasaré rápidamente por encima de los intensamente singulares acontecimientos que siguieron. Tres semanas después se produjo la muerte de Vereker y antes de que terminara el año la muerte de su esposa. Yo nunca llegué a ver a esa pobre señora, pero había sostenido la fútil teoría que me llevaba a creer que, si ella llegaba a sobrevivirle un período de tiempo suficientemente largo como para poder ser accesible sin que sufriera el decoro, podría acercarme a ella con la temblorosa llama de mi súplica. Yo me preguntaba si sabía, y si, en caso de saber, estaría dispuesta a hablar. Era de suponer que, por más de una razón, no tendría nada que decir; pero cuando estuvo más allá de todo alcance vi que mi destino era ciertamente la renuncia. Yo quedaba encerrado para siempre en mi obsesión: al irse, mis carceleros se habían llevado consigo la llave. Durante la época que transcurrió antes de que la señora Corvick se convirtiera en la esposa de Drayton Deane me veo con una imagen tan borrosa como la de un cautivo en una mazmorra. Yo había previsto, espiando por entre los barrotes, que el asunto terminara así, pero no hubo indecente precipitación por su parte, y por otro lado nuestra amistad había decaído bastante. Los dos eran tan «terriblemente intelectuales» que a la gente le pareció que hacían una buena pareja, pero nadie había podido medir tan bien como yo el tesoro de conocimientos que la novia aportaría a su unión. Nunca hasta entonces, en un matrimonio entre miembros de los círculos literarios —así describieron la boda los periódicos—, había habido una dama con una dote tan magnífica. Con la prontitud debida, yo empecé a buscar el fruto de esa alianza: me refiero al fruto cuyos signos premonitorios deberían ser peculiarmente visibles en el marido. Dando por sentado el esplendor del regalo nupcial de la otra parte, yo esperaba de él que hiciera una ostentación que estuviera a la altura de su recién adquirida sobreabundancia de recursos. Yo conocía los recursos con que contaba antes: su artículo sobre «The Right of Way» había dado la cifra con claridad. Como ahora él ocupaba exactamente la posición que yo, más exactamente incluso, no ocupaba, vigilé de mes en mes, en las publicaciones donde era de suponer que acudiría, la aparición del magno mensaje que el pobre Corvick no había podido llegar a transmitir y del que ahora debía ser responsable su sucesor. La viuda y esposa debía, yo imaginaba, haber roto, al lado del nuevamente encendido fuego del hogar, el silencio que sólo podía romper una viuda y esposa, y Deane debía estar tan iluminado por el conocimiento como Corvick en su momento, y Gwendolen en el suyo, estuvieron. Bien, sin duda estaba iluminado, pero parecía que la llama no debía llegar a convertirse en una hoguera pública. Repasé los periódicos en vano porque Drayton Deane los llenaba de páginas exhuberantes, pero siguió guardando para sí la que con mayor febrilidad yo buscaba. Escribió sobre mil temas, pero nunca sobre el tema de Vereker. Su especialidad consistía en cantar verdades que los otros parecían estar demasiado «acoquinados», como él decía, para soltar, o que ni siquiera percibían, pero no llegó nunca a hablar de la única verdad que me parecía entonces la única importante. Me encontré con la pareja en esos círculos literarios a los que aludía la prensa: creo haber dejado entender ya con suficiente claridad que estábamos hechos para movernos solamente en esos círculos. Gwendolen se vio más ligada que nunca a tales medios debido a la publicación de su tercera novela, y yo personalmente quedé definitivamente clasificado por mantener que en mi opinión esta obra era inferior a su predecesora inmediata. ¿Era peor porque ahora sus compañías eran peores? Si, como me había dicho, su secreto era su vida —hecho que se hacía discernible en su cada vez mayor lozanía, en un aire de persona que se sabe privilegiada que, astutamente corregida por numerosos actos de caridad, daba distinción a su aspecto— lo cierto es que de todos modos no había tenido aún un influjo directo en su obra. Esto —esto y todo lo demás— acabó por agudizar mis ansias de poseerlo, por redondear lo que yo quería con un misterio más fino y sutil.