La figura de la alfombra

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Incluso antes de que hubiera sonado su portazo empecé, libro en mano, a prepararme a decirlo. Estuve sentado con Vereker la mitad de la noche; la entrega de Corvick no hubiera podido superar la mía. Su inteligencia era tremenda: me reafirmé sobre esto, pero no era en ningún caso el más grande de todos. No hice, sin embargo, alusiones a los otros; me felicité pensando que en esta ocasión había dejado atrás la infancia del arte.

—Muy bien —declararon enérgicamente en la oficina; y cuando el número salió a la calle creí haber establecido una base suficiente para acercarme personalmente al gran hombre.

Durante uno o dos días me sentí lleno de confianza. Después esa confianza decayó. Le había imaginado disfrutando en la lectura de mi artículo, pero si no satisfacía a Corvick, ¿cómo iba a gustarle a Vereker? Reflexioné que verdaderamente la admiración apasionada podía ser más torpe que la avidez del escriba. De todas maneras Corvick me escribió desde París algo malhumorado. La señora Erme se estaba recuperando, y yo no había dicho en absoluto en qué consistía ese algo especial de Vereker.



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