La fontana sagrada
La fontana sagrada Sólo lo había tratado en Newmarch, lugar con un hechizo tan especial como para crear cierto vínculo entre sus invitados; pues siempre había dado, en otras ocasiones, tan escasas muestras de reconocerme que yo no podía menos que considerarlo estúpido para no tener que considerarlo ofensivo. Lo cierto es que era estúpido, y en ese sentido no pintaba nada en Newmarch; pero no por ello dejaba de poseer, sin duda, su propia idiosincrasia, que aplicaba sin criterio. Me pregunté, mientras hacía poner mi equipaje en mi rincón, qué sería lo que Newmarch veía en él… pues siempre tenía que ver algo antes de hacer una señal. Acaso le allanaba el camino su agraciada apariencia, que era impresionante: su buen metro ochenta y cinco de estatura, su cabello corto y de exquisita ondulación, su semblante ancho, afeitado, espléndido. Era un hermoso mueble humano: hacía que una concurrencia reducida pareciera más numerosa. Tal, al menos, era mi impresión de él que había resucitado antes de volver a bajar al andén, y en un principio no pudo sino llenarme de sorpresa verlo encaminarse hacia mí como para saludarme. Si por fin había resuelto tratarme como a un viejo conocido, era a pesar de los pesares la ocasión de dejarlo aproximarse. Por consiguiente, eso fue lo que hizo, y de un modo tan concienzudo, me apresuro a agregar, que al cabo de unos instantes ya estábamos charlando casi como con la tradición de una agradable intimidad. Era bastante apuesto, ahora me percaté de nuevo, pero no hasta un grado tan modélico como me había parecido recordar; por lo demás, nítidamente sus maneras habían ganado en soltura. Hizo alusión a nuestros anteriores encuentros y comunes contactos; se alegró de que yo fuese; se asomó a mi compartimiento y lo juzgó preferible al suyo. Llamó a un mozo, al instante, para que trasladase su equipaje y, mientras su actividad estaba enfrascada en ello, contemplé al resto de los pasajeros, que buscaban o ya habían hallado acomodo.
