La Lección del maestro

La Lección del maestro

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Nuestro joven le clavó la mirada: lo impresionaba la fraseología de la dama. Su «escribir alguno» le pareció casi tan bueno como su «eso es todo». ¿Es que no sabía, como mujer de un artista poco común, lo que costaba producir una obra de arte perfecta? En su interior estaba convencido de que, por muy admirablemente que escribiera Henry St. George, durante los últimos diez años, en especial los últimos cinco, había escrito demasiado, y hubo un instante en el que sintió la exigencia interior de hacer esto público. Pero antes de que hablara, el regreso de los que se habían ausentado produjo una desviación. Se acercaron de manera dispersa —eran ocho o diez— y el círculo de debajo de los árboles se reorganizó cuando se instalaron en él. Lo hicieron mucho mayor, y Paul Overt sintió —siempre estaba sintiendo ese tipo de cosas, como se decía a sí mismo— que si ya había resultado interesante observar a los demás, ahora el interés se intensificaría. Estrechó la mano de su anfitriona, quien le dio la bienvenida sin muchas palabras, al estilo de una mujer capaz de confiar en que él entendería, y consciente de que una ocasión tan agradable habla por sí misma en todos los sentidos. Ella no le ofreció ninguna facilidad especial para que se pusiera a su lado, y cuando todos se hubieron acomodado de nuevo, se encontró aún junto al General Fancourt, y con una dama desconocida al otro lado.


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