La Lección del maestro
La Lección del maestro Cuando salían todos de comer, el General Fancourt lo agarró con un «Oiga, ¡quiero que conozca a mi chica!», como si acabara de ocurrírsele la idea y no hubiese hablado antes de eso. Con la otra mano se apoderó paternalmente de la joven.
—Lo sabes todo de él. Te he visto con sus libros. Ella lo lee todo... ¡todo! —continuó diciendo a Paul. La muchacha le sonrió y después se rió con su padre. El General se alejó y su hija habló:
—¿No es delicioso, papá?
—Lo es, sin duda, Miss Fancourt.
—¡Como si lo leyera a usted, porque lo leo «todo»!
—No lo decía por eso —dijo Paul Overt—. Me gustó desde el momento en que empezó a ser amable conmigo. Luego me prometió este privilegio.
—No lo quiere decir por usted, sino por mí. Si usted se imagina que alguna vez piensa en algo que no sea yo, está en un error. Me presenta a todo el mundo. Me cree insaciable.
—Habla usted exactamente igual que él —rió nuestro joven.
—Ah, pero a veces es porque quiero —y la muchacha se ruborizó—. No lo leo todo, leo muy poco. Pero lo he leído a usted.