La Lección del maestro

La Lección del maestro

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Yo también —repuso Paul Overt, haciendo una pequeña concesión para coincidir con ella. En realidad la apreciación que hizo de la circunstancia suponía de manera tan total una apreciación de la mujer que se hallaba ante él, que otra figura en la escena, aun tan estimada como St. George, podría haberlo atraído en vano. Salió de la casa preguntándose qué había querido decir el gran hombre con lo de que no era justo para él; y, aún más, si se había mantenido lejos por la fuerza de esta idea. Mientras se ponía en camino por la soledad dominical de Manchester Square, balanceando el bastón y con una buena dosis de emoción fermentando en su alma, le pareció que vivía en un mundo extrañamente magnánimo. Miss Fancourt le había dicho que era posible que estuviese fuera, y que su padre lo estaría el domingo siguiente, pero que tenía esperanza de recibir una visita de él en el caso contrario. Le prometió hacerle saber si no se ausentaba y entonces él podría actuar en consecuencia. Después de entrar por una de las calles que se abrían desde la plaza, se detuvo, sin intenciones definidas, buscando escépticamente un coche. Al cabo de un momento vio un simón avanzando por el lugar, desde el otro lado y dirigiéndose hacia él. Estaba a punto de hacerle una señal al cochero, cuando advirtió a un «pasajero» en el interior; entonces esperó, viendo que el hombre se disponía a depositar a su pasajero al detenerse en una de las casas. La casa era, al parecer, la que él mismo acababa de abandonar; al menos sacó esa conclusión al reconocer a Henry St. George en la persona que bajó del simón. Paul se volvió tan rápido como si hubiese sido sorprendido en el acto de espiar. Abandonó la idea del coche, prefería ir andando; no iría a ningún lado. Se alegraba de que St. George no hubiese renunciado por completo a su visita... eso habría sido demasiado absurdo. Sí, el mundo era magnánimo, e incluso él mismo se sintió así cuando, al mirar su reloj, vio que eran sólo las seis, y mentalmente congratuló a su sucesor por tener una hora para sentarse en el salón de Miss Fancourt. Quizá él mismo emplease esa hora en hacer otra visita, pero para cuando llegó a Marble Arch, la idea de tal plan se había vuelto incongruente. Pasó por debajo de ese esfuerzo arquitectónico y entró en el parque y llegó hasta el extendido césped. Continuó andando; cruzó por el césped y salió junto al estanque. Observó con ojos amistosos la diversión de los londinenses, dirigió una mirada casi alentadora a las jóvenes que remaban para su novio y a los guardias que con sus gorros de piel cosquilleaban tiernamente las flores artificiales del sombrerito dominguero de su pareja. Prolongó su paseo de meditación; entró en Kensington Gardens, se sentó en las sillas de alquiler, miró los barquitos de vela lanzados sobre el estanque redondo y se alegró de no tener ningún compromiso para cenar. Acudió a tal fin, muy tarde, a su club, donde se sintió incapaz de elegir un menú y pidió al camarero que le trajera lo que hubiese. Ni siquiera observó lo que le habían servido, y pasó la velada en la biblioteca del establecimiento, haciendo que leía un artículo en una revista americana. No logró averiguar de qué trataba; parecía tratar confusamente de Marian Fancourt.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker