La Torre de Marfil

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—Bueno, están las fotografías y las cosas que puedo enseñar —respondió ella, sin rebozo— aunque no las tengo aquí. Están guardadas en Nueva York. En su retrato está guapísimo.

—¿Se refiere al del señor Northover?

—El suyo también es bonito. Pero me refiero al del señor Fielder… En su tierna edad de entonces. Lo recuerdo —dijo Cissy— como una cara muy, muy agradable.

Haughty se permitió un acto de memoria, que al instante concluyó con un meneo de cabeza.

—No destaca por su aspecto; pero, pensando lo mejor posible de su agradable cara, en el caso de que destaque por esa cualidad… ¿ve usted a Rosanna tan arrebatada como para beber los vientos por él?

Cissy sopesó la pregunta.

—Hemos visto ya lo que ella es capaz de hacer, llevada por el arrebato.

—Ha tenido otras razones, independientes de una pasión alocada. Y recuerde —adujo, a continuación—, si es que le atribuye esa clase de sensibilidad en alto grado, lo resistente que se mostró a mis propios atractivos físicos; que, me permito declarar sin ambages, hacen sombra al más brillante que pueda usted descubrir en Gray.

De nuevo su compañera meditó.


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