La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Bueno, usted sĂ que lo harĂa —replicĂł Horton, amablemente, dejando entrever que esa llamada de atenciĂłn despertaba en Ă©l ciertas remembranzas—. En cuanto a lo de negro… Negros son sus cabellos, lacios y abundantes, y, a mi entender, pasan más bien por ser lustrosos y soignĂ©s… Los cabellos de un niño bueno que nunca jugaba a cosas que lo despeinasen… No es más que de mediana estatura; muy, muy mediana —calculó—, lo que probablemente viene a parar en que es más bien bajo. Pero no tiene ni joroba ni cojera ni ninguna deformidad fĂsica de ninguna clase. Lo que sĂ tiene es esa especie de agilidad fĂştil y volátil de los hombres menudos, y tambiĂ©n de los que son nerviosos, activos y dispuestos; dispuestos, quiero decir, a cualquier cosa que interese y mueva a la conversaciĂłn, siempre que el asunto no sea demasiado grande para Ă©l… Y ya que he mencionado a los “activos”, me pregunto —recalcó— a quĂ© demonios viene esa actividad.
La chica bebió estas impresiones y quedó con ganas de más.
—Y qué me dice en cuanto a ojos y demás?
—SĂ, claro —meditĂł Horton—, montones y montones de ojos, aunque no haya mucho de lo demás. Buenos ojos, finos ojos… Todo lo que usted pueda desear en cuestiĂłn de ojos.