La Torre de Marfil

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“—Si quiere saberlo —le dije—, me importa un bledo todo lo que hemos visto desde que entramos. Sólo me importa lo que le preocupa a usted, que debe de ser muy grave, ya que veo, si me permite decirlo, que ha llorado en su casa.”

—No creo que se lo agradeciera —dijo la voz de la experiencia, en boca de Davey.

—No, ni lo intentó, y yo sabía que no lo haría; no hacía falta que me dijera cómo se siente un chico al recibir semejante acusación de una chica. Pero ahí estaba, en un diván pequeño, columpiando las piernas, con la cabeza (se había quitado el sombrero) reclinada contra el respaldo del asiento, y una mirada extrañísima en su cara sonrojada. Hubo un instante de dureza en su mirada y, entonces sí, me dije, estuvieron a punto de saltársele las lágrimas. No llegaron a asomar, sin embargo… Solamente le brillaron los ojos, como con fiebre; de lo que enseguida deduje que no me había equivocado, sino que había hecho lo mejor que se podía hacer.

“—Si yo pudiera hacerle algún bien… —continué, dándome cuenta enseguida de que, para mi felicidad, eso era realmente lo que estaba haciendo.

”—Ella ha dejado la decisión en mis manos… Pensar, decidir y dejar zanjada la cuestión. Todo lo ha dejado en mis manos —dijo—, y ¿cómo puedo decidir sobre este asunto —preguntó— si ella me dice, y yo la creo, que hará exactamente lo que yo diga?


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