La Torre de Marfil

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—Un domingo por la mañana fuimos juntos a la gran Galería… Hacía semanas que habíamos acordado que algún día me llevaría y me mostraría las cosas que más admiraba: todo lo contrario a lo que habría de ser mi táctica con él. ¡Cómo me superaba en inteligencia, y cuántas cosas sabía que yo ignoraba y todavía sigo sin saber…! —recalcó esto lo más que pudo—. Y lo hermoso, con todo, era que yo sabía que había maneras en las que yo podía ayudarlo… Eso sí que lo sabía, a pesar de todas las cosas que no sabía y se quedaron en carencias de las que creo que no me avergonzaba lo más mínimo: como no lo hago ahora, habiendo tantas cosas de las que avergonzarse. En cualquier caso, ese día me sentí más dispuesta que nunca para mi papel… Sí, caí entonces en la cuenta de que ése era mi papel; pues después de que viniera a buscarme al hotel y hubiéramos emprendido la marcha juntos, sabía yo que algo especial pasaba; que él, de pronto, había dejado de estar interesado en el pretexto de nuestra salida, pese a que la habíamos planeado como una gran ocasión desde mucho antes… Que su cabeza estaba en otra parte y que, de no haberme propuesto no parecer que lo escudriñaba, podría haber leído sus tribulaciones en su cara. Odié que las tuviera, fueran cuales fueran… Aún recuerdo, como si hubiese sido ayer, cuánto las odié; y también cómo, al mismo tiempo, fingí no notar nada, mientras él intentaba no mostrar que él sí que lo notaba, y enseñarme, en las salas, lo que habíamos venido a ver… Lo que nos deparó media hora que todavía, se lo aseguro, me duele recordar vivamente como una pequeña y solemne farsa consciente. Lo que acabó con ella fue que, por fin, dejamos atrás todas aquellas maravillas, la famosa Madonna, el Correggio, los Veronés…, a las que él dedicó, con voz trémula, los comentarios pertinentes, y salimos a una pequeña sala dedicada a holandeses menores y otros maestros tardíos, cosas sin importancia y hacia las que no podíamos fingir que nos interesábamos, pero donde la luz alemana de un claro día de invierno entraba por alguna claraboya y jugaba con todo aquel abigarrado colorido y esos viejos dorados de un modo que, de pronto, me hizo decidirme.


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