La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Mi querida niña, ahora sà que está usted inspirada —Davey Bradham le rindió este tributo—. Resulta demasiado espléndido oÃr algo asÃ, en medio de nuestra codicia, nuestras ideas timoratas y nuestras pasiones del tres al cuarto. Suena usted como Brunilda en la ópera. ¡Nada menos que dictar su destino!
—Sà —dijo ella con gravedad—, y ya ve lo estupendo que me parece ahora. Yo tomé la decisión. Yo fui el destino —Rosanna dio una chupada a su cigarrillo—. Él se plegó al destino… Sobre todo, porque quiso; y ya ve —continuó— lo estupendas que habÃan de ser todas y cada una de las cosas que han sucedido desde entonces.
—Usted hizo que ni se moviera de allÃ, como clavado —el señor Bradham completó el cuadro—. No tan clavado, en fin —añadió, comprensivamente—, que usted no sea capaz de manejarlo de nuevo a su antojo. En otras palabras: él hace lo que usted le manda.
—Puede que lo hiciera entonces, pero no sé qué habrÃa hecho yo si se hubiese negado a hacerlo ahora. Porque ahora todo ha cambiado. Todos están muertos o muriéndose. Y creo —concluyó— que acerté entonces, que él ha vivido su vida y ha sido feliz.
—Ya veo. De lo contrario… —la mirada libre del acompañante fluctuó.