La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —También habrÃa tenido que agradecérmelo, sÃ. Y, en el mejor de los casos, yo le habrÃa salido bien cara.
—¿Se refiere a todo lo que el viejo tenÃa en mente más o menos desde el primer momento?
Davey la habÃa cogido en falta; pero, al momento, sin replicar directamente, ella volvió a pisar terreno firme.
—Ya lo ve —dijo ella, para zanjar la cuestión.
—¡Oh, veo muchas cosas! Y si hay más de lo que salta a la vista, creo que también lo veo —declaró su amigo—. En cualquier caso, quiero verlo todo… Y tal como usted lo ha empezado. Pero lo que más ganas tengo de ver es a su queridÃsimo jovencito en persona.
—Bueno, si yo le hubiese temido a usted no le habrÃa hablado. No creo que le haga daño —dijo Rosanna mientras volvÃan al paseo del acantilado.
—¿Hacerle daño? Seré su luz en la oscuridad… O la de usted, al menos, lo que es todavÃa mejor.
A esto, sin embargo, siempre cavilosa, no respondió ella nada, sino que se detuvo como agotada por el esfuerzo realizado y medio dispuesta, por tanto, a volver sobre sus pasos; posibilidad contra la que el otro protestó de inmediato:
—¿Insinúa que no viene con nosotros?