La Torre de Marfil

La Torre de Marfil

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Así era, en fin, como funcionaba la imaginación de Rosanna, mientras se preguntaba si no podría haber algo de cierto en una idea que ella más de una vez, austeramente, había abrigado: la posibilidad de que la señora Bradham pudiera, en ocasiones, tenerle miedo. Si lo característico de esta dama era una asombrosa seguridad basada en la impunidad consentida, ¿cómo iba ella, una solterona fea y sosa, con una total incapacidad para el atrevimiento y un completo horror, en general, hacia la intromisión, a romper el hechizo? Especialmente, no habiendo otra persona en el mundo, ni una, a la que ella hubiese soñado siquiera desear infundirle miedo. Mucha era la incomodidad de la señorita Gaw por perder con su anfitriona la más común de las ventajas que quizá ella conocía: su costumbre de rehuir la relación de antipatía, no digamos de hostilidad, mediante la negación activa, para la ocasión, de cualquier clase de relación. ¿Qué había en Gussy que hacía imposible, a ojos de Rosanna, este vulgarísimo lujo? Le causaba siempre la impresión de que la miraba con un exceso de aplomo, una circunspecta perspicacia, que se traicionaba conscientemente; por más que ¿cómo saber si no era ésa la horrible naturaleza de las miradas que dirigía a todos? Lo que hubiese sido públicamente denunciado si una excesiva intimidad con ella no les impidiese ser sinceros. Con su asombrosa vitalidad y salud y aquella acerada seguridad en sí misma que nada tenía que ver con la simpatía, Gussy, pensaba al mismo tiempo la presente juez de sus actos, podría haber planteado como cuestión de pusilanimidad que alguien siquiera detectase lo que había de desagradable  en aquel radiante despliegue suyo de actividad. El único modo de acortar distancias con ella era ser uno más de la tropa que ella mangoneaba; en otras palabras, ser como todos los demás; y quizá uno podría, con esa condición, haber disfrutado, como obra de la naturaleza o del arte, ejemplo de una fuerza todopoderosa, sus alardes de aspecto y actitud, fuentes de resistencia al tiempo y al pensamiento, objetos no de belleza, por alguna obstinada razón, ni mucho menos de dignidad, sino de afirmación y aplicación en un grado extraordinario, de frío lucimiento directo y de un énfasis que era como los pisotones de unos pies planos y fuertes. Y si había de ser envidiada, sería desde la otra orilla de esas vastedades: de hecho, uno apenas podía envidiarle el prodigio de su “figura”, que, a los dieciocho años, era la de una mujer de cuarenta, y ahora, a los cuarenta, veía uno que era la de una muchacha de dieciocho años. Y esa condición de su persona no era humana, al sombrío parecer de la mujer más joven, sino que podía ser la de algún brillante insecto zumbador, un ser encorsetado, de cabeza mínima pero con caperuza, el ojo fijo y desproporcionado y el ala rígida y transparente, sin olvidar sus hilos pegajosos. A pesar de lo cual, sin embargo, ella había atravesado todas las paredes y estaba en el centro mismo del más recóndito reducto de su anfitriona antes de que ésta la hubiese oído acercarse.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker