La Torre de Marfil

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Esto, lo sabía ella, era el aire y el sonido, el estado común, de la intimidad; y cada vez que lo había probado, se había quedado sin  saber si aquello la volvía más rabiosamente envidiosa o más descortésmente independiente. Le hubiera gustado ser íntima de uno o de otro, pero no de todos los miembros de una multitud; pero esa facultad, por lo visto, no le había sido concedida (porque ¿con quién la había ejercido? Ni siquiera con Cissy, pensaba ahora) y era terreno sobre el cual ella se sentía alternativamente desfallecer y recuperarse. El hecho, sin embargo, de que pudiera tener presente todo aquello mientras recibía saludos, aceptaba té y se quedaba sin saber qué decir ante aquellas formas de tratamiento tan hilarantes en su mayoría —o tan ingeniosas, como mínimo—, que le recordaban aún más su imposibilidad de ser alguna vez así de divertida, ese hecho, podría tomarse como muestra de que llevaba consigo todo un tesoro de sabiduría, y no de que anduviese buscando un lugar para enterrarlo. ¡Las cosas que allí se daban por sentadas! Aquello le había resultado evidente una y otra vez; y nunca en mayor medida que cuando Gussy Bradham, al cabo, se adueñó de ella, hasta el extremo de que ambas compartieron un banco en uno de los grandes porches en cuyas márgenes cubiertas de césped, al filo de ciertas extensiones de arcadas de diversas y más bien contradictorias modalidades arquitectónicas, una docena dispersa de parejas y tríos se movían sin perderse de vista. ¿Cómo iba él, el muchacho de la otra casa, a disfrutar con estas enormes convenciones…? Le asombró esta ocurrencia repentina; en la misma medida, en fin, en que le asombró que también Gussy suscitara esa clase de preguntas. A su modo, ella no dejaba nunca de suscitar preguntas. Rosanna, al menos, la veía casi siempre envuelta en una especie de inmodesto halo formado por éstas, la principal de las cuales era sin duda el asombro, nunca satisfecho, de que un círculo de supuestos placeres sociales pudiera seguir aguantándola. Era la primera vez, de hecho, que nuestra joven la veía como un peligro para sí misma. Si la sociedad, o lo que se entendía por tal, tenía que contar con ella y aceptaba esa carga, allá la sociedad; que, en general, aparentaba saber lo que le convenía. Pero ¿por qué tenía ella, Rosanna Gaw, que plegarse a  una complicación que ella no había contribuido jamás a provocar? Era, literalmente, como si esa obligación de contar con la otra se interpusiera entre ellas, y todas las condiciones que habían establecido a fuerza de distinciones, intensidades de separación y oposición, hubieran sido reemplazadas por la necesidad de otras nuevas, nuevas formas de contacto e intercambio, presuntas formas de trato, que habían de ser improvisadas ante nuevas verdades.


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