La Torre de Marfil

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Pocas veces, en todo caso, se le había suscitado a Rosanna una tan grande como cuando vio a la chica ganarse su sustento, como solía decirse, multiplicándose por cada una de las personas de la casa, en vez de permanecer tan libre y disponible como su absorbente amiga se había dignado a invitarle a seguir. A aquella observadora le resultó patente, hasta el último extremo —y, sin embargo, no como cosa nueva—, esa soltura de Gussy rayana en la insolencia, que nunca era mayor que cuando la idea que se hacía de alguna relación era lo menos acertada y lo menos cierta posible. En aquella ricachona capaz de permitirse todos los lujos, lo natural era no ser nunca más vulgar que cuando demostraba su estupidez respecto a la mejor manera de disfrutarlos y su determinación brutal, según lo enunciaba la voz interior de Rosanna, de llevarlos hasta la degradación y la profanación. La señora Bradham se hubiese sentido profundamente ofendida —tan profundamente como podría una mujer carente de la menor profundidad— por cualquier imputación contraria a su modo de ver lo que sería apropiado y estupendo para su joven amiga; pero el celo y la admiración de Rosanna respecto a las posibilidades —por no decir las realidades— ante las que esta mirada permanecía completamente ciega, prestaban a la muchacha que tenía delante, en ocasiones, una condición de criatura sacrificada e incluso verdaderamente prostituida; y que también, habría que añadir, podía con frecuencia enajenarse la simpatía por extrañas y perversas concurrencias. Sin embargo, pensó Rosanna, Cissy no era objeto ahora de ninguna concurrencia, sino que tenía otras preocupaciones bien distintas a la consideración de lo que su anfitriona pudiera darle o tomar de ella. Era feliz —esto nuestra joven podía percibirlo a la perfección, en beneficio de su creciente interés—; tan feliz que, como había podido observarse ya repetidamente, se multiplicaba en virtud del mismo nerviosismo que eso le causaba, aparentando —por las cosas concretas que tenían que decirle, fragmentos concretos de conversación, casi todos de lo más brusco, arrancados aquí y allá, y que ellos no cejaban de intentar encajar, lográndolo la mayoría de las veces— estar a disposición de todos a la vez y, por eso mismo, y en el sentido tradicional de la palabra, tan bella, en su solicitud y humanidad, como los ojos pudieran desear. Con todo, lo que más recababa la atención de Rosanna, y no por primera vez (lo que hacía que todas sus observaciones anteriores resultasen ahora intensificadas), lo que más le llamaba la atención era la enorme familiaridad general, aquel tono de intimidad sin modular, como si exactamente un mismo lazo, de persona a persona, mantuviese unido al grupo entero y nadie tuviese nada que decir a nadie que no fuese de la incumbencia de todos.


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