La Torre de Marfil

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—Vaya, ¿no está usted contribuyendo a que le pase lo mejor que nunca podría pasarle, al haber despertado en su tío el sentido de la decencia? —demandó Gussy con su brillante rapidez—. Ni se le ocurra pensar, Rosanna —continuó, en un desarrollo poco menos que fantástico de ese aplomo—, ni se le ocurra pensar que va a ser usted capaz de esquivar ni una sola de las consecuencias de haber sido tan maravillosa. Él va a deberle todo, y llevará ese sentimiento hasta su culminación; de modo que no veo por qué usted no querría permitírselo (sería tan mezquino si no lo hiciera), o verse privada del mérito de un golpe tan afortunado. Cuando hago algo —Gussy siempre tenía a mano el ejemplo propio— quiero que se me reconozca; me gusta que me paguen, sin el menor recato, en forma de gloria adquirida. Sin embargo —concedió su delicadeza—, eso queda entre ustedes, y cómo va una a juzgar… Salvo para envidiarle tan adorable relación. Sólo quiero que sepa que aquí estamos, si es que necesita ayuda. Él se merece lo mejor que tengamos por aquí, y merece encontrarlo, ¿no cree?, antes de incurrir en algún error, por ignorancia… Los errores son tan persistentes… Así que no sea desprendida, no lo sacrifique al temor de valerse de su ventaja. ¿Para qué sirven las ventajas de las que usted goza (y me refiero a todas ellas) sino para explotarlas al máximo? Ya verá, en fin, lo que dice Cissy… Ella tiene grandes ideas respecto a él. Quiero decir —dijo la señora Bradham, con una reserva en la que la expresión de la mirada fija de Rosanna pareció súbitamente reflejarse—, quiero decir que interesa mucho que ella tenga todas las claves.


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