La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —No cabe la menor duda al respecto… Aunque nos estemos muriendo nosotros, o yo misma —fue lo que oyó Rosanna; con Cissy Foy, de repente en suprema exhibición, presentando el caso desde el lado más feliz, en luminosa y presta armonía con el inmediato interés de todos. Se arrimó directamente a Rosanna, como si aún no hubiese habido tiempo de que mediase palabra entre ellas —pocas, de hecho, habían mediado—; con el resultado, para nuestra joven, de sentirse ayudada por aquel levísimo favor a no sentirse en evidencia; o, lo que venía a ser lo mismo, a no sentirse de ningún modo. Era una sutil percepción que ya había tenido antes: cómo Cissy, en ocasiones, podía “acabar” con alguien, y esto, mediante el extraordinario y más o menos ambivalente procedimiento de ahogar a uno en su luz en el instante mismo de ofrecerla como guía. Ahogó a Gussy, ella era la única que podía, mientras Gussy consentía casi a gruñidos; ahogó a Minnie Undle, abarató todas las demás presencias, derramando miradas adorables, multiplicando felices roces, apoderándose de Rosanna y, al mismo tiempo, con la mano libre, despidiendo al resto de sus conocidos; de modo que, un minuto o dos más tarde —porque apenas llevó más—, la pareja quedó aislada, aún en algún lugar del porche, pero intensamente confrontadas y hablando a sus anchas, o de un modo que lo parecía por su indiferencia al hecho de que sus acompañantes, deslumbrados y llevados por el viento, se habían dispersado y dejado de contar, o a que ellas mismas se hubiesen dejado llevar por la corriente hasta donde deseaban, en la amplia y agraciada estela de la muchacha. La gracia de la muchacha era, a su modo, una fuerza tal que, en ocasiones anteriores, la señorita Gaw había tenido repetidamente sus dudas, incluso mientras la reconocía: porque ¿podía una criatura joven, de la que uno no acababa de fiarse, usar un arma tan afilada sólo con buen fin? La joven criatura, en cualquier caso, parecía ahora más que nunca mostrar sus cartas con vistas a algo con lo que había que contar y en lo que había que confiar; y con la mismísima Gussy Graham justo detrás de ellas, en posición de arrebatar todo de sus propias manos, y sin que nadie se atreviese a tocar, ¿qué podía hacer uno sino sentirse distinguido por su manera de envolverte? La única brusquedad en lo ocurrido fue que, al hacer Cissy acto de presencia, la señora Bradham ejerció su gran función de animadora social mirándolas fijamente y retirándose acontinuación, como obedeciendo a las conclusiones derivadas de ese acto. Podría considerarse un favorable rasgo de blandura por su parte el que, ante esta sugerencia concreta, pudiera enternecerse; o que, en otras palabras, Cissy aparentase ser la única realidad del mundo sobre la que ella tenía algo que podría llamarse imaginación. Se la imaginaba, se la imaginaba en ese mismo instante, viéndoselas con su voluminosa amiga; idea que, por parte de aquélla, se imponía en ese momento a todo lo demás.