La Torre de Marfil

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Y no es que faltase materia en la que la chica pudiera ocupar su fantasía; pues nada podía haber más puro que el caudal con el que alimentaba la de Rosanna, como vertiéndolo de una jarra de cristal mientras repetía, agarrando a ésta de las dos manos y fijando en ella una mirada de admiración:

—Veo cómo se preocupa usted por él, lo veo, lo veo.

Y nuestra joven sentía cómo bastaba un toque de esta mano grácil para levantar el velo de su secreto (Cissy lograba convertirlo en un secreto por el hecho mismo de desvelarlo), y que esa patente exhibición la sonrojaba más aún de lo que Gussy había conseguido. Ante lo cual su acompañante inclinó un poco más el vaso de sus confidencias.

—Tiene gracia, y es asombroso, que hasta yo sepa algo. Pero lo sé, y le diré cómo. No ahora, que no tengo tiempo, pero sí en cuanto pueda; lo que la hará ver. Así que lo que ha de hacer, siendo usted quien es —dijo Cissy—, es preocuparse ahora más que nunca. Debe mantenerle lejos de nosotros, porque no somos lo bastante buenos, y usted sí; debe usted guiarse por lo que siente, y sentir exactamente lo que tiene derecho a sentir… ¡Ya le digo, lo sé, lo sé!


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