La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Oh, querida, era él quien lo hacÃa, ese encanto de hombre… Y se me acaba de ocurrir que usted también lo hace. Por supuesto, la impresión fue grande, y si el señor Northover y yo nos hubiésemos conocido más jóvenes no sé —dijo su risa— lo que hubiera sucedido. ¡No, jamás habré tenido mejor admirador, ni más inteligente! Tal como sucedieron las cosas, permanecimos fieles, secretamente fieles, a un hermoso recuerdo: al menos yo, aunque siempre en secreto (vea que no he hablado de ello hasta ahora), y quiero pensar que asà ha sido la impresión en él. ¡Pero cómo la atormento! —dijo de pronto, en otro tono.
Rosanna, haciendo acopio de paciencia, sacudió lentamente la cabeza, con tristeza.
—No entiendo.
—No, claro que no… Y, sin embargo, no deja de ser hermoso. Fue sobre Gray… Una vez que hablábamos de él, como le he dicho que hacÃamos con frecuencia. Y fue que él nunca mirarÃa a nadie más.
Nuestra amiga apenas si pudo aparentar que preguntaba:
—¿A nadie más que a quién?
—¿A quién va a ser? ¡A usted! —sonrió Cissy—. A la chica que habÃa amado cuando era un chiquillo. A la americana que, años antes, en Dresde, habÃa hecho por él algo que no podrÃa olvidar jamás.