La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —¿Y qué habÃa hecho ella? —preguntó, mirándola fijamente.
—¡Eso no me lo dijo! Pero si usted no toma sus precauciones, como le digo —prosiguió Cissy—, quizá él lo haga… Quiero decir, el señor Fielder, en cuanto lo tengamos rodeado de un modo que yo, en su lugar, le aseguro, harÃa todo lo posible por impedir.
Rosanna miró a su alrededor como bajo una sensación repentina de debilidad, efecto de una tensión excesiva. Por absurdo que pareciera, estos últimos minutos casi podrÃan, por su extraño modo de actuar y por el terreno que cubrÃan, equivaler a muchos dÃas. Un elegante banco del porche, de nuevo a su alcance, le ofreció apoyo, y ella se dejó caer sobre él como en busca de la reparación de la calma amenazada, con una necesidad que sólo ella podÃa medir. La necesidad era la de recuperar algún sentido de la perspectiva, ser capaz de reducir el más bien portentoso ataque de su joven amiga a condiciones, aunque sólo fuera de tiempo y espacio, que proporcionaran mayor comodidad para asimilarlo. Eso la ayudó de inmediato, y verdaderamente, a juzgar por el tono con el que sonrió al decirle a la otra:
—¿Está segura?