La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Cissy permanecÃa a la vista, resplandeciente, cambiando de posición, plegándose, por asà decirlo, a la perspectiva (¿acaso tenÃa por qué temerla?), claramente pintada en brillante contradicción, mientras su mismo encanto, una vez más, al modo extraño en el que algunas veces operaba, parecÃa negar su sinceridad, a la vez que su franqueza lo hacÃa con su gravedad.
—¿Segura de qué? ¿Segura de que no me equivoco con usted?
Rosanna se tomó un minuto antes de hablar: eran muchas las cosas que actuaban en ella; pero cuando una sola se impuso a las demás, haciendo retroceder a algunas de las otras, encontró, para exponerla, un tono grato a su propio oÃdo. Este tono suponÃa, también para ella, un sustituto de la sinceridad, pero eso era exactamente lo que querÃa.
—Me importan un comino las anécdotas sobre mÃ; de las que no creo que sepa usted la verdad. Lo que le pregunto es si está segura de no ser usted quien le conviene. ¿Tan mala es? —dijo la señorita Gaw.
La muchacha, situada ante ella, la vio ahora, con las manos entrelazadas en alto, como una especie de Ãdolo sedente, un gran Buda encaramado a un altar.
—¡Oh, Rosanna, Rosanna…! —exhaló pÃamente y en tono admirativo.
Pero no era ese modo de tratarla lo que impedirÃa que la señorita Gaw completase el curso elegido.