La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —LamentarÃa muchÃsimo, en la medida en que pueda vanagloriarme de tener alguna influencia sobre él, que mi interferencia le impidiera extraer de este lugar las conclusiones que él quiera; interferir para que dé a algunos más importancia de la que realmente parecen tener.
—¿A m� —sonrió Cissy.
—A cualquiera de ustedes… A la gente, en general y en particular, que frecuenta esta casa. No debemos temer de su interés, que puede ser meras ganas de divertirse, por saber lo que haya que saber respecto a nosotros.
—Oh, Rosanna, Rosanna —persistió la muchacha—, cómo lo adora; y qué perversas ganas me entran, por su culpa, pobre de mÃ, de verle.
Lo que siguió podrÃa haber sido un reflejo en la superficie de Ãdolo de nuestra amiga:
—Es usted la mejor de nosotros, sin duda… Con mucho.
Inmensamente espero que él le guste, ya que está tan extraordinariamente preparada. Es de suponer también que él tendrá su propio criterio.
Cissy continuó, arrebatada:
—¡Qué taimada es usted! Taimada, taimada, taimada.