La Torre de Marfil

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Lo que se decía a sí mismo en ese justo momento y lugar, de todos modos, era que probablemente se hubiera sentido más entusiasmado si aquello no le resultara tan divertido. Divertirse hasta ese extremo mientras su pariente más cercano, que probablemente albergaba, según le habían dicho, un buen deseo, yacía agonizante en alguna de las habitaciones inmediatas… Séale atribuida esta ligereza a nuestro joven sólo hasta que entendamos que su propensión a recrear las cosas era para él un modo de actuar perfectamente serio. Todo se desplegaba ante él, todo se dejaba abarcar por sus sentidos; y desde su desembarco en Nueva York la mañana inmediatamente anterior el despliegue había sido de una deliciosa violencia. Ni el menor aspecto ni el instante más breve le habían dejado de cautivar y de, por así decirlo, recompensarlo: si se había decidido a volver en busca de impresiones, de emociones, para recibir aquel aluvión de rasgos característicos, lo conseguido excedía con mucho lo soñado. También iba más allá de lo soñado el que todo lo que veía desde la ventana del cuarto que le habían asignado durante estas primeras horas lo llevaría a una sonrisa tal de éxtasis, y a tal consumo interno de su propia sonrisa, que la felicidad resultante quedaba convertida en una sustancia que uno podía ponerse dulcemente bajo la lengua. Reconoció —he ahí el secreto: reconocía todo lo que miraba— y supo que, aun cuando, tiempo atrás, durante su ininterrumpida ausencia, sentía, y le gustaba sentir, el aire que lo había acariciado en sus orígenes, estas hirientes intensidades tan sobresalientes poblaban ya entonces el panorama. No era tanto que hubiese recordado lo presente como que había predicho lo inevitable, y la enorme necesidad implícita de que todo se mostrase tal como lo había encontrado parecía gritarle en el oído. Había traído consigo una buena intención, una de las mejores de las que era capaz, ¿y no estaba ya —se decía— en pleno funcionamiento? ¿No estaba recogiendo, en esa perfecta floración de novedad, el fruto de su designio, con la intención de dar por bienvenida la impresión, por extravagante que fuera, en vez de subestimarla en la anchura de un cabello? Ser inexperto no lo podía remediar; pero enajenado, hasta el punto de derretirse de nuevo bajo cualquier presión, que lo ahorcasen si no lo podía evitar: ¿acaso no se reducía todo a poner la cara bajo cualquier chaparrón de luz?


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