La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Ahà estaba la luz, en una neblina plateada, incluso mientras aceptaba el testimonio de su fresca habitación en penumbra, donde el aire tenÃa el tono que le prestaban los grandes postigos verdes cerrados. Era amplia y elegante, de una elegancia americana, que no se parecÃa a ninguna otra, y que era tan distinta incluso a cualquier ausencia de ella que él hubiera podido conocer, que algunos de sus términos y objetos materiales lo tenÃan en arrebatada contemplación. Habiendo deseado, intensamente incluso, que las cosas fuesen diferentes, que literalmente resplandeciesen en su contraste, no tendrÃa la menor gracia que fueran sólo imperfectamente parecidas, ya que eso no implicarÃa de ningún modo carácter. Su carácter, si lo hubiera, podrÃa residir en la coherencia de no tener ninguno… ; nada más posible que esta deficiencia; pero habrÃa tenido que renunciar a dejarse hechizar por esas tentativas de expresión que él habÃa conocido en otros lugares, más o menos felizmente logradas. Esta clase concreta de decepción le habÃa sido claramente ahorrada: pues qué podÃa haber más interesante que notar, hasta ese punto, que la gama y escala mantenÃan la unión de todas sus partes, que cada objeto o efecto renegaba de sus conexiones, o de lo que él habÃa sentido como tales durante toda su vida, y que su anhelada esperanza de un comienzo nuevo y de romper amarras verÃa colmada su medida. HabÃa una manera americana de que una habitación fuese una habitación, una mesa una mesa, una silla una silla y un libro un libro… No digamos que un cuadro en la pared sea un cuadro, y un chorro de agua frÃa en el baño de una mañana calurosa una promesa de purificación… Experimentó en torno suyo, en definitiva, estas libertades en refrescante revuelta.