La Torre de Marfil

La Torre de Marfil

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Por un tiempo aquello lo mantuvo hechizado. Se movía con pasos mesurados y largas pausas, mirando entre los listones de los postigos, que accionó con suavidad por su punto de unión, y reviviendo, con una sutileza de sensación que era un placer ejercer, en las condiciones representadas por todo lo que se le hacía inmediatamente patente. No era sólo que el proceso de asimilación, a diferencia de cualquier otro en el que hubiera estado implicado hasta entonces, pudiera interrumpirse y acabar en desastre, si respiraba un poco más fuerte de lo necesario; sino que, a poco que su rendición fuera completa, el asimilado sería él… Lo que constituía una experiencia que no podía sino desear. A lo que se atuvo, en definitiva, fue a una delicadeza decente, a un temor de parecer, incluso ante sí mismo, que daba grandes cosas por supuestas. Esto, en sí mismo, resultaba restrictivo en cuanto a libertades; refrenaba las confianzas, enfriaba la inseguridad; porque, después de todo, ¿qué había hecho su tío sino hacer que le transmitiesen, al otro lado del mar, su mero deseo de que viniera? Había venido directamente, en consecuencia, pero sin que mediase ninguna explicación o recompensa explícita; había venido simplemente para evitar la posible fealdad de no venir. Generalmente adicto a evitar esa clase de cosas (a eso le parecía, con demasiada frecuencia, que se reducía la búsqueda de lo bello), hasta el  momento presente le había bastado esa razón, cuando era como si todas las razones, todas las suyas por lo menos, le hubiesen abandonado súbitamente, al efecto de verse rodeado sólo de las de los otros, de las que hasta entonces había permanecido ignorante, pero que de algún modo merodeaban por aquel lugar amplio y silencioso, de algún modo endurecían el borroso domingo de verano y centelleaban en la limpieza universal: toda una revelación, para él, de esa posible inmunidad en las cosas. Podían haberlo mandado a llamar simplemente para ser recibido con cajas destempladas y consolar la mente del anciano de la perversidad y futilidad de su pasado. Ninguna prenda, en cualquier caso, ningún indicio distinto a los preparativos materiales que lo habían precedido, le permitían abandonarse sin más al examen de perspectivas. Lo que sí tenía delante era una “gran” experiencia: incluso haber venido nada más que para ser despachado con una maldición hubiera sido una de las cosas más grandes que le habían sucedido hasta entonces. No la forma, por tanto, sino el hecho de la experiencia era lo que importaba; ¿y acaso ésta no se manifestaba en toda su intensidad en el mero hecho de pararse de vez en cuando tras la puerta cerrada de su habitación y sentir que, si aguzaba el oído lo suficiente, podía captar el empuje al otro lado?


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