La Torre de Marfil
La Torre de Marfil El empuje al final se hizo inconfundible, apuntamos, en la forma de la señorita Mumby; quien, después de haber aporreado con suavidad, hizo acto de presencia para indicarle que seguramente deseaba ya el almuerzo y para presentársele, de nuevo y en grado supremo, como depositaria de la incorrección americana. La señorita Mumby era ancha, afable, familiar, y más resplandecientemente limpia que cualquier otro depósito que él hubiese conocido, fuese cual fuese su propósito; también la cantidad de cosas que daba por descontadas —si es que se trataba de eso, o tal vez el número de cosas de las que no dudaba y era incapaz de dudar— congregaban a su alrededor una especie de aura deslumbrante, un resplandor especial de desconexión. Vestía un hermoso vestido negro, a juego con no hubiera sabido decir qué inmaculado aparato de delantal, puños y volantes; por más que sólo viniera a confirmarle la impresión que más le había saltado a la vista desde el momento de su llegada. Vio al momento que cualquier dificultad que encontrase al entrar en tratos con ella en un punto del, digamos, espacio social en el que nunca antes había entrado en tratos con personas como ella, no contaría ante la poderosa y perfecta manera que tenía ella de iniciar el trato. La genialidad de la señorita Mumby estribaba en su facultad de iniciar el trato, y en cuanto lo comprendió sintió también —ya lo había sentido en su primer encuentro— lo poco que sus borrosos y viejos postulados respecto a las personas “como ella” iban a servirle a partir de ahora. ¿Qué persona, de las conocidas durante las treinta horas que llevaba en suelo americano, era “como” cualquier otro interlocutor había aparentado o demostrado ser no importaba dónde, antes de que él entrase en aquellos tratos? ¿Qué persona no había llamado de inmediato su atención por su violento repudio del tipo —si es que su sensibilidad le permitía valerse de “tipos”—, hasta el punto de hacerle imposible, en tales casos, cualquier otra atribución? Podría haber visto en la señorita Mumby, estaba dispuesto a admitir, a una joven madre, quizá, una hermana, prima, amiga, una posible novia incluso, pues estos aspectos no dependían del tipo y alcanzaban una gama ilimitada; pero una “enfermera titulada” era una enfermera titulada, y eso era una categoría de las más evolucionadas… A pesar de lo cual, ¿qué categoría en el mundo podría haber levantado cabeza bajo el aura de la señorita Mumby?