Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Fue raro que sus palabras le diesen la impresión de que sabía de lo que hablaba, pero así fue; hasta el punto de que las creyó, no sin cierta perplejidad. De hecho, eso sería lo que mejor recordaría de aquel primer encuentro: que aceptó, casi con impotencia —como si se rindiera a lo inevitable—, ser el tipo de cosa, como habría dicho él, que el joven creía haber visto de sobra, a efectos prácticos, en sus vagabundeos. Además, como es natural su humildad no disminuyó cuando supo después que había realizado, justo antes de que ella surgiera de la oscuridad de la extrema juventud, tres visitas seguidas a Nueva York, donde había hecho muchos amigos y contactos. Su impresión, su recuerdo de aquella variopinta colección, seguía siendo bastante vivo. Le había ayudado a situarla, y Milly cada vez era más consciente de que la había empujado —como si hubiera cerrado bruscamente la puerta a sus espaldas y el revisor hubiese alzado la mano para advertir al jefe de estación— al compartimento en que debía viajar en su imaginación. Muchas jóvenes se habrían ofendido al verse encasilladas de esa manera, pero la cualidad de espíritu que permitía a nuestra joven observar y aceptar las cosas era precisamente uno de sus encantos. Milly prácticamente acababa de saber por él, había comprendido, por así decirlo, desde su compartimento, que la tenía por una de las propiedades más valiosas de su amiga. Era un éxito, a eso se reducía, le aseguró él enseguida; y en eso consistía ser un éxito: en que siempre sucedía antes de que te dieras cuenta. No saberlo era a menudo lo mejor.