Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Esta afirmación convenció a su compañera de su sinceridad; tuvo la impresión de que estaba diciéndole lo que sentía y eso la sorprendió aún más pues era consciente de que ella misma no había despertado lo más mínimo su curiosidad. Al referirse a la compasión natural de su amiga había querido decir algo —casi para sus adentros—; sin duda había sido un detalle de gusto dudoso, pero lo había dicho con voz trémula a pesar de sí misma y él no se había molestado siquiera en preguntar: «¿Por qué cree que es “natural”?». No era que no fuera mucho mejor para ella no hacerlo: las explicaciones la habrían llevado demasiado lejos. Pero comprendió entonces que, en comparación, sus palabras sobre la otra joven a él le habían «interesado»; y probablemente eso implicara muchas cosas que terminaría averiguando y que espejeaban ya ante sus ojos como parte de esa «realidad» mayor que, dada su nueva situación, acabaría cautivándola. De hecho, algo de eso había en lo que lord Mark estaba diciendo en ese mismo instante:
—Así que, como ve, se equivoca al pensar que nos conocemos. A veces se fracasa. Por mi parte, desisto; o, mejor dicho: se la cedo. Hágalo por mí… Avíseme cuando sepa más. No dirá —añadió con mucha amabilidad— que no me fío de usted.