Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Y ¿por qué no iba a fiarse? —preguntó Milly, dando pruebas, pensó, de una hermosa fatuidad, que a un hombre como él debÃa parecerle ingenua y sorprendente. Fue como si le diera a entender que podÃa mentir para lucirse, que su sinceridad pudiera no resistir el deseo de quedar bien con él. No obstante, no se quejó pues estaba ocupada con otras cosas. La única que habÃa conseguido desconcertar a lord Mark habÃa sido aquella joven tan hermosa, que pertenecÃa a su misma especie y a su sociedad; de sus certezas sobre una joven norteamericana, un producto exótico importado de valor escaso, y sobre su hábitat, las condiciones del clima, el crecimiento y el cultivo, asà como de su inmensa profusión, de sus pocas variedades y de su limitado crecimiento, no dudaba lo más mÃnimo. Lo extraordinario fue que Milly le comprendió y tuvo la sensación de hablar con sinceridad al decir:
—Por supuesto, entiendo que debe ser difÃcil; igual que yo debo de ser fácil.