Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Sobre eso, las dos damas mayores tenían mucho que hablar, y la peregrina de Boston ni siquiera tenía claro que lo que había dispuesto en Londres no fuese una serie de acontecimientos emocionantes para ella. Tenía mala conciencia, de hecho se sentía casi inmoral, pues se veía obligada a reconocer que, como ella decía, se había dejado llevar. Se reía con Milly cuando ella también afirmaba que no sabía dónde acabaría aquello; y su inquietud se basaba en que la vida de la señora Lowder rebosaba de elementos a los que tenía que enfrentarse por primera vez en su vida. Representaban, según creía, el mundo que, por culpa del desprecio de los Padres Peregrinos, nunca había llegado a Boston —y que sin duda habría hundido bajo su peso el más sólido transatlántico—, y no podía fingir que se hallase ante semejante perspectiva sólo porque Milly hubiera tenido un capricho. Era ella quien lo había tenido, y precisamente respecto a su situación actual. Tan sólo podía consolarse repitiéndose que nunca había tenido ninguno o, lo que venía a ser lo mismo, que no se los había permitido. Además, enseguida descartó la alentadora sensación de que todo aquello pudiera convertirse en material literario. En cualquier caso, debía esperar y ya vería: le parecía enorme, oscuro y escabroso. En sus desvelos nocturnos pensaba que probablemente llegase a gustarle por lo que simbolizaba en sí mismo, es decir, por eso y por Milly. Lo raro era que fuese capaz de concebir sin temor que a Milly pudiera gustarle, o al menos que pudiera concebirlo sin temor en lo que se refiere a la tranquilidad y no sólo en lo que atañe a la conciencia. Era una suerte que, por el momento, sus dos espíritus se movieran al unísono.