Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Lo dijo inevitablemente con un deje de impaciencia, como desafiándola a responder; de manera que, por un instante, Milly se sintió como si una persona mucho mayor dudase de sus dolencias imaginarias y sospechara de sus quejas de joven ignorante. También se contuvo pues eso era justo lo que querÃa saber; y respondió enseguida para tranquilizarla que, si todo resultaban ser imaginaciones suyas, ella serÃa testigo de su vergüenza. Kate respondió afirmando esperanzada que, si podÃa salir y ser tan encantadora, y deslumbrar e interesar a todo el mundo, no debÃa estar muy angustiada ni creerse verdaderamente amenazada.
—Bueno, quiero estar segura… ¡estar segura! —fue lo único que acertó a responder.
A lo cual Kate replicó:
—En tal caso, ¡asegurémonos!
—He pensado —dijo Milly— que te gustarÃa ayudarme. Pero debo pedirte que me prometas guardar el más completo silencio.
—Y ¿cómo, si estás enferma, vas a dejar a tus amigos en la ignorancia?
—Si lo estoy, por supuesto, tendré que decÃrselo. Pero aún puedo durar mucho tiempo —Milly lo dijo mirando, casi con fascinación, los ojos maquillados de su amiga. SeguÃa inmóvil delante de ella, pero con el rostro iluminado—. SerÃa una de mis ventajas. Creo que podrÃa morir sin que nadie se diera cuenta.