Las alas de la paloma

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De modo que las dos acordaron que Milly contaría con su ayuda y con el consuelo de su presencia para ir a visitar a sir Luke Strett. Kate necesitó un minuto de aclaraciones, y para su amiga fue un alivio que aquel nombre no le dijera nada. Para ella hacía días que significaba mucho. El personaje en cuestión era, le explicó, la mayor luminaria de la ciencia médica, si es que, tal como creía, había conseguido dar (y había recurrido a la sabiduría de la serpiente[27]) con el hombre indicado. Le había escrito tres días antes y él la había citado a las once y veinte; pero la víspera había comprendido de pronto que no podía ir sola. Por un lado, su doncella no era lo bastante buena, y por el otro Susie lo era demasiado. Kate la escuchó con suma indulgencia.

—Y ¡yo estoy justo en medio! ¿Demasiado buena para qué?

Milly reflexionó.

—Pues para preocuparla si no es nada. Y para preocuparla aún más, y antes de lo necesario, si no lo es.

Kate la miró con sus ojos insondables.

—Pero ¿se puede saber qué es lo que te pasa?


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