Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —De momento sólo disfrutar. Disfrutar —Milly estaba luminosa— de haber salido tan bien librada.
—¿Te refieres a haber sabido tan fácilmente que estás bien?
Fue como si Kate le hubiese sugerido la respuesta.
—Me refiero a haber sabido tan fácilmente que estoy bien.
—Aunque, por supuesto, nadie está tan sano como para quedarse ahora en Londres. No puede exigirte una cosa asà —prosiguió Kate.
—Por suerte no… Tengo que recorrer mundo.
—¿Pero no querrá que vayas a horribles y aburridos balnearios como Engadina o la Riviera?
—No, como te he dicho, puedo ir donde me apetezca. Se supone que tengo que viajar por placer.
—¡Genial! —Kate abundaba en sus familiaridades—. Pero ¿qué tipo de placer?
—El más excelso —respondió Milly con una sonrisa.
Su amiga respondió con idéntica nobleza.
—Y ¿cuál es?
—Ahora es nuestra ocasión de averiguarlo. Tienes que ayudarme.