Las alas de la paloma

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—¡Oh, todo bien! Es encantador.

Kate estaba espléndida y Milly, en caso de haber necesitado más pruebas, habría comprendido entonces que no le había dicho ni una palabra a la señora Stringham.

—Entonces ¿tus preocupaciones eran absurdas?

—Absurdas. —Era una palabra muy sencilla, pero nada más pronunciarla nuestra joven tuvo la sensación de haber hecho algo para protegerse.

Kate estaba pendiente de las palabras que salieran de sus labios.

—¿No tienes nada?

—Nada de lo que preocuparme. Necesitaré cierto seguimiento, pero no tendré que hacer nada horrible, ni siquiera incómodo. De hecho, puedo hacer lo que quiera.

A Milly le pareció sorprendente que bastara con formularlo así para que encajaran todas las piezas.

Sin embargo, antes incluso de que produjesen todo su efecto, Kate la había abrazado, besado y bendecido.

—¡Cariño, qué dulce eres! ¡Es maravilloso! Ya te dije que estaba segura. —Luego pareció comprender toda la belleza de la noticia—. Y ¿puedes hacer lo que quieras?

—Sí. ¿No te parece estupendo?

—¡Ah, pero te he pillado —la interrumpió con alegría— sin hacer nada…! Y ¿qué vas a hacer?


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