Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Milly no supo qué responder; así que de momento llegó a la conclusión, tan extrañamente subrayada por su visita, de que la verdad era que su amiga gozaba de una salud envidiable. Desde esa noche, lo tuvo presente todas y cada una de las horas que le quedaban, y tanto más ahora que quizá estaban contadas. Lo único que de verdad esperaba era la prometida visita de sir Luke Strett, y ya había decidido cuál sería su proceder con él. Ya que quería conocer a Susie, le dejaría las manos libres y que juzgara por sí mismo. Que arreglasen lo que quisieran entre ellos, y que hiciesen lo que creyeran necesario para quitarle un peso del alma. A fin de cuentas, si el buen hombre quería inflamar a Susan Shepherd con un ideal aún más elevado, en el peor de los casos sólo tendría que lidiar con ella. Si, en una palabra, era devoción lo que se proponía organizar aquella pareja, ella estaba dispuesta a consumirla como un plato bien cocinado. Le había preguntado por su «apetito» y ahora comprendía que había respondido de manera más bien vaga. Pero entonces supo que, en lo que a devoción se refería, sería un apetito inmenso. Ávido, insaciable, voraz… ésos eran sin duda los calificativos exactos. En cualquier caso, se había resignado de antemano a soportar las maquinaciones de la compasión. El día siguiente de su excursión solitaria iba a ser uno de los últimos de su estancia en Londres, y, en materia de vida social, esa noche era la última. A estas alturas ya se había marchado casi todo el mundo, y muchos de los que habían tenido la generosidad de ir a verlas o de enviarles tarjetas de visita para invitarlas a distintos sitios, se habían volatilizado; ya fuesen miembros del círculo íntimo de la señora Lowder o del de lord Mark, pues nuestras amigas ya eran incapaces de distinguirlos. La temporada había decaído y las pocas ocasiones sociales que todavía se presentaban eran pocas y especiales. Una de ellas, para Milly, era la ya citada visita del médico, que le había mandado una nota; la otra única ocasión de relevancia era su despedida —por un período muy breve— de la señora Lowder y Kate. La tía y la sobrina iban a disfrutar con ellas de una cena íntima e informal, o al menos tan informal como lo permitiera el hecho de que después tenían que asistir a una fiesta que empezaba absurdamente tarde y a la que la tía Maud había juzgado aconsejable asistir. Sir Luke iba a ir por la mañana y Milly trazó un plan para solventar esta complicación.
