Las alas de la paloma

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La tía Maud lo entendió —es decir, entendió por su tono todo lo que ella no quería que entendiera—, y el resultado fue que se miraron a los ojos unos segundos. La señora Stringham había llegado ya, acababa de preguntar si Kate se había ido, y encontró respuesta en la reaparición de la joven. Volvieron a verla delante del balcón abierto, donde se había detenido para mirarlas al oír el imperioso «¡Chis!» que soltó la tía Maud. De hecho, ésta se apresuró a alejarse del peligro y emprendió la retirada con Susie; pero Milly notó que las palabras que acababa de decirle a propósito de que tratara directamente con su sobrina se estaban volviendo ya contra ella. Sería Milly quien, por mucho que intentara evadirse, tendría que ser directa; de hecho, nada le pareció tan directo como una evasión. Kate esperaba delante de la puerta del balcón, muy guapa y erguida: la oscuridad de fuera resaltaba de forma muy favorable su sencillo atuendo veraniego y la claridad del vestido. Dada la distancia que había entre las dos, Milly descartó que pudiese haber oído su conversación, pero Kate tenía la mirada atenta, como si gozara de cierta ventaja. Poco después, su amiga lo comprendió. La mirada perspicaz y la ventaja estaban ahora siempre a su disposición y no eran sino las de la persona que Milly sabía que conocía a Merton Densher. Una vez más, por espacio de unos segundos fue como si toda su identidad se redujese a la de esa persona a quién él conocía, lo cual obró otra certeza: a Kate le bastaba con quedarse donde estaba para darle a entender que él había vuelto. Fue, en suma, como si le dijera sin palabras que estaba en Londres, que tal vez estuviese a la vuelta de la esquina; ninguna conversación con Milly habría podido ser tan directa.


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